Eran las cuatro de la mañana y el tercer cigarrillo se terminaba recostado sobre el cenicero, Miles Davis sonaba en los auriculares y el perro de la esquina ladraba como solía hacerlo a la misma hora casi todos los jueves, o viernes si lo prefieres; yo -viendo fijamente el techo- no dejaba de pensar en ti, una melodía tras otra, tu sonrisa, las comisuras de tu boca, tu cintura e incluso esa manera peculiar que tenías de hablar -o mentir- se atravesaba entre cada nota. Aún suenas en cada uno de los soplidos de la trompeta, retumbas en todas partes dentro de mi habitación. Es curioso encontrarte en el jazz -y sólo Cortázar entendería- pero eres una avenida que recorro todos los días, de manera involuntaria...
la mayoría de las veces.
domingo, 24 de septiembre de 2017
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